
Dije que te amaba mientras apretaba tu delicado cuello de cisne. Dije que te amaría incluso después de que no quedara ni un resquicio de oxígeno en tus pulmones.
El azul de tus venas empezó a flaquear. Te tumbé en la cama con el cuidado que se tiene al coger una muñeca de porcelana. Allí estabas, blanca inmaculada, con los ojos cerrados, muerta. Tan muerta como yo me sentí cuando supe que te marchabas. Quise irme contigo pero no me dejaste. Dijiste que éramos demasiado distintos para estar juntos. La realidad era diferente. Nos amábamos demasiado. No hubiéramos aguantado uno al lado del otro. Por eso decidí acabar con tu vida. ¿Crimen pasional? No, porque sin darme cuenta, terminé con mi vida también. Había cometido un doble asesinato. El tuyo y el mío.
El azul de tus venas empezó a flaquear. Te tumbé en la cama con el cuidado que se tiene al coger una muñeca de porcelana. Allí estabas, blanca inmaculada, con los ojos cerrados, muerta. Tan muerta como yo me sentí cuando supe que te marchabas. Quise irme contigo pero no me dejaste. Dijiste que éramos demasiado distintos para estar juntos. La realidad era diferente. Nos amábamos demasiado. No hubiéramos aguantado uno al lado del otro. Por eso decidí acabar con tu vida. ¿Crimen pasional? No, porque sin darme cuenta, terminé con mi vida también. Había cometido un doble asesinato. El tuyo y el mío.
Fotografía de Lilya Corneli





